La gente tiende a adoptar una actitud bastante emocional cuando se trata del oro, puesto que el repunte de varios años desde el año 2000, y particularmente desde 2009 ha dividido a la gente en dos tipos: los que lo adoran y los que lo odian.
Lo que está claro en todo caso es que el oro siempre ha tenido el papel de reserva única de valor. (Todo el oro del mundo cabe en un cubo de 20 metros cúbicos). El oro no se puede crear, aunque muchos alquimistas lo han intentado, no se puede destruir puesto que no es soluble en ácido nítrico, al contrario que la plata y los metales base. El oro es un símbolo de prosperidad y buena fortuna y ha preservado el patrimonio de las familias a lo largo de generaciones.
En Roma, en torno al año 0, un ciudadano romano podía comprar un uniforme entero con una onza de oro. En 2011, un hombre de negocios puede comprarse aún su “uniforme” con una onza de oro, lo que viene a indicar lo intacto que ha permanecido el valor del oro a lo largo de los siglos.
Desde la crisis financiera de 2008, los inversores cada vez han buscado más alternativas a inversiones tradicionales como los bonos y las acciones. El oro se ha beneficiado mucho de esta redistribución, puesto que su fácil acceso y las ventajas que ofrece han hecho de él una inversión cada vez más popular para todo el mundo, desde el inversor minorista, hasta los fondos de cobertura más grandes y avanzados.
A lo largo de los últimos tres años, las inversiones totales en materias primas han aumentado en 265.000 millones de USD, hasta los 425.000 millones, según Barclays Capital. Y el oro particularmente ha sido el protagonista, puesto que el metal dorado supone en la actualidad más de la tercera parte de todas las inversiones en materias primas.
¿Y cuál ha sido la principal causa del éxito rotundo del oro como inversión? La crisis financiera de 2008 ha sacudido la fe de la gente en el sistema financiero, puesto que los bancos centrales han tenido que inundar el mercado con liquidez a tipos muy bajos para mantener a flote las instituciones financieras. Esto ha provocado la carrera alcista de la materia prima, al buscar los inversores activos tangibles con una oferta limitada y por tanto, más posibilidades de mantener su valor. Más o menos al mismo tiempo, hemos visto a las compañías mineras dejar la práctica de producción de venta futura, lo que ha restado gran parte de la oferta del mercado.
El resultado de estos tipos tan bajos ha sido un aumento de la inflación, que ha supuesto que los resultados de los activos de renta fija, como bonos, hayan sido negativos, puesto que su rendimiento ha sido menor que las tasas de inflación. Este escenario es positivo para los activos sin tipo de interés, como el oro, puesto que el coste de oportunidad del oro se convierte en cero.
Otro cambio importante ha sido el comportamiento de los bancos centrales, que hasta hace poco han sido vendedores netos de oro durante las últimas dos décadas. Esta práctica cesó en 2009, y el año pasado se convirtieron en compradores netos, puesto que las economías de mercados emergentes como China, Rusia y la India han tratado de diversificar sus reservas nacionales para protegerlas de una subida de la inflación y una posible caída del valor del dólar.
Tradicionalmente, el inversor minorista ha invertido en oro a través de joyas y acciones en la minería de dicho mineral, mientras que los inversores institucionales han invertido a través de futuros y lingotes físicos de oro. Sin embargo, durante los últimos cinco años, el campo de batalla se ha abierto a todo el mundo con el incremento de los fondos cotizados en mercados de renta variable o ETF, cada vez más populares.
Son fondos de inversión que cotizan públicamente en mercados de renta variable, como acciones ordinarias. Los fondos se gestionan pasivamente para reflejar adecuadamente el resultado del mercado subyacente. Por tanto, tienen un error de seguimiento bajo y deberían reflejar prácticamente el mismo resultado, menos las tasas, que el mercado al que se referencian. El aumento de los ETF de oro ha llevado el oro y la plata a las carteras de muchos inversores nuevos.
Durante el mes de julio, hemos vuelto a ver incrementarse la crisis crediticia europea, al igual que sucedió el año pasado, al comenzar el estado de desesperación financiera en la economía griega. Desde entonces, hemos visto a otros países como Portugal e incluso Irlanda recibir asistencia financiera, mientras que las agencias de calificación han seguido rebajando la calificación del crédito de dichos países de la periferia y otros países europeos.
Durante el mismo periodo, la economía estadounidense ha afrontado un leve bache, al debilitarse el crecimiento económico más de lo esperado, en concreto debido al aumento de los costes energéticos y al efecto de onda del terremoto y el tsunami de Japón en marzo.
¿Va a continuar el repunte implacable? Nosotros creemos que sí, aunque a un ritmo algo menor que el que vimos en 2010, cuando retornó cerca del 30 por ciento, cerca de un 10 por ciento más de la media anual de la última década. Los factores que han guiado a los metales preciosos siguen entre nosotros y deberían seguir afectando a los precios durante el resto del año. Cualquier bajada debería atraer a compradores, tanto bancos centrales como inversores, que perciben el oro como una inversión rentable a largo plazo.
El problema de la deuda soberana europea es una preocupación, pese a las intenciones políticas de encontrar una solución, y esto va a suponer un soporte junto con los rendimientos reales constantemente negativos en diferentes economías. Nosotros vemos que el oro sigue consolidándose en el rango de 1.500 a 1.600, pero somos más favorables al extremo superior, y lo vemos posiblemente en torno a 1.650 en los próximos meses.
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