¿Cómo se puede medir la riqueza de los países? La respuesta es difícil, dado que no hay un criterio único establecido. Por ejemplo, si la riqueza supone felicidad, hay que mirar el ranking de felicidad de sus habitantes que elabora una organización británica que se basa en la relación entre la buena vida de los ciudadanos y el respeto a la naturaleza. El Índice del Planeta Feliz, desarrollado por la organización New Economics Foundation, ofrece unos resultados llamativos: el mejor país para vivir es una pequeña isla del Pacífico Sur, Vanuatu. De los 10 países más felices del mundo, tres son isleños casi deshabitados y siete son países caribeños y centroamericanos. En cambio, Suiza está en el puesto 65, al lado de Bolivia y Estados Unidos, que aparece en el puesto número 150.
No obstante, un criterio más serio es el Índice de Desarrollo Humano que elabora el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. Este índice se compone de tres parámetros: una vida larga y saludable (medida según la esperanza de vida al nacer), la educación (medida por la tasa de alfabetización de adultos y la tasa bruta combinada de matriculación en educación primaria, secundaria y terciaria) y el nivel de vida digno. Noruega, Islandia, Australia, Luxemburgo, Canadá, Suecia, Suiza, Irlanda, Bélgica y EE.UU. no serán los países más felices, pero por lo menos nos vamos acercando a la definición de bienestar.
¿Pero cómo se mide el nivel de vida digno? Mediante el Producto Interior Bruto (PIB) per cápita en una única divisa uniforme. De esta manera es como la medición del nivel de vida más tradicional se basa en el PIB; es decir, el valor añadido de una economía y la consecuente riqueza que genera en términos monetarios que le toca a cada uno.
Medido por Paridad de Poder Adquisitivo, o lo que es o mismo, midiendo la cesta de bienes que se puede comprar con el dinero producido por una economía, y con cifras a finales del 2010, Qatar posee -según el World Fact Book del CIA- el mayor PIB per cápita del mundo, con 179.000 dólares por habitantes. Cabe destacar que las cifras están totalmente distorsionadas, dado que se refiere a un Emirato Árabe con una de las mayores concentraciones de la riqueza del mundo gracias a sus abundantes reservas de petróleo y una minúscula población. En el podio también se incluye al estado de Liechtenstein, con 141.100 dólares por habitante, un paraíso fiscal que atrae a muchos capitales que buscan un refugio donde haya que pagar menos impuestos. De la misma forma se aplica para Luxemburgo, con 82.600 dólares, y para Bermudas, con 69.900. En lo que respecta al sudeste asiático, en la lista se sitúan Hong Kong y Singapur, con 62.100 dólares por habitante.
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No obstante, este ranking hay que tomarlo con cautela dado que las distorsiones por la concentración de la riqueza, los aspectos impositivos y la población impactan en la cifra final, aunque puedan servir de parámetro de referencia para poder saber qué riqueza aproximada posee una nación.
El uso del PIB per cápita como medida de bienestar es generalizado, pero hay que usarlo con cuidado ya que el PBI no es una variable de stock, de riqueza, sino de flujo, de generación de riqueza. Por ello, este indicador no tiene en cuenta la depreciación del capital, o lo que es lo mismo, el uso de la maquinaria y de las fábricas, así como también recursos naturales o bien el capital humano, variables muy difíciles de medir. Por ejemplo, un país puede aumentar su PIB explotando de forma intensiva sus recursos naturales, pero el capital del país descenderá, dejando para las próximas generaciones menos capital disponible. En el caso de una catástrofe natural, el PIB sólo contabiliza la destrucción de los activos (casas, carreteras…) de forma indirecta, mediante el impacto que tienen en la producción, pero sin tener en cuenta la destrucción neta de activos. Sin embargo, el PIB sí tiene en cuenta las reconstrucciones tras la catástrofe (a menudo financiadas por ayudas).
No tiene en cuenta tampoco la distribución del ingreso, y es por eso que pobladores de un país con igual PIB per cápita que otro pero con una distribución más equitativa del mismo disfrutarán de un mayor bienestar que el segundo. Tampoco toma en cuenta los trabajos de voluntarios o de amas de casa. También ignora el endeudamiento externo, por lo que el uso del PIB como sinónimo de bienestar social debe ser analizado con cautela, sobre todo en una coyuntura global afectada por los problemas de deuda de los países más “ricos”, que con deudas crecientes que se tornan impagables se convierten en países “pobres” (por ejemplo, Grecia o Italia, para mencionar algunos de ellos en Europa).
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